Sobre aquellos paisanos cuyos nombres quedaron grabados en la placa de los héroes

Discurso pronunciado por Carmen Cascón Matas el 28 de septiembre de 2017.

            Bejaranos de a pie. Así se podría definir a estos hombres cuya memoria honramos hoy. Bejaranos que dieron la vida por defender unos ideales que hoy consideramos una conquista política: por el sufragio universal (masculino), por una constitución democrática, por la libertad de reunión, asociación y opinión, por la separación de poderes, por el derecho a las bodas civiles, por la eliminación de las quintas y por el estado aconfesional. Bejaranos que defendieron las libertades de que hoy gozamos y que regaron con su sangre un bello ideario que parecía entonces lejano y utópico. Bejaranos y comarcanos que encontraron la muerte por el mero hecho de encontrarse en el sitio y el día equivocado, sólo por haberse acercado a Béjar con motivo de la feria y de la fiesta del patrón San Miguel. Bejaranas que fueron ultrajadas, atacadas y vejadas por su condición femenina. Familias que huyeron o se enfrentaron como supieron al ataque de decenas de soldados armados.

            Sin embargo, el sino de aquellos paisanos no era el de quedar grabados sus nombres en una placa ni de ser recordados por los hombres y mujeres del siglo XXI. Sus vidas consistían en trabajar de sol a sol para ganarse el sustento, bien en las fábricas, bien como artesanos, bien comerciando en los puestos de la feria, bien trajinando en las casas, cuidando de los hijos o haciendo la colada en el río. Nada les llevaba a pensar que Béjar y sus vidas cambiarían aquel 28 de septiembre de 1868.

            Hasta ese día España se encontraba sumida en gobiernos elegidos por sufragio censitario, anclada a las antiguas instituciones y al caciquismo, con una reina, Isabel II, que no quería oír hablar de gobiernos progresistas, ansiosos de cambio, sino de poner y quitar ministros según el beneplácito de su reducida camarilla. Así las transformaciones sólo podían sobrevenir de la mano del golpe de estado, de las manifestaciones y protestas del pueblo, aglutinado y disperso en torno a varios partidos políticos. Una y otra vez, durante décadas, se intentó, sin conseguirse, o apenas por unos cortos años, imponer una democracia y retornar a los preceptos de la Constitución de 1812. Mas el inexorable rumbo de la Historia imponía sus ritmos y la sociedad demandaba alcanzar mayores parcelas de poder.

            Béjar no era ajena a tales vaivenes. Domingo Guijo, Vicente Valle, Aniano Gómez o José Fronsky lideraban a los bejaranos que deseaban poner su granito de arena a esa gran montaña de españoles que cada día se agrandaba, aunque con poca fuerza, frente al coloso del sistema establecido. Palabras como libertad, democracia o federalismo se hicieron frecuentes entre los corrillos de paisanos que se daban cita en las tabernas, a media luz y a escondidas. Ideales que hasta ahora permanecían ocultos por utópicos se esgrimían como posibles y la esperanza en una España mejor parecía más cercana que nunca. Como aperitivo, el 29 agosto de 1867, y al calor de la sublevación del Cuartel de San Gil, los organizados bejaranos intentaron, sin conseguirlo, que la llama de la libertad prendiera en la ciudad. El fracaso colectivo dio alas para una segunda intentona que llegó precisamente en septiembre del año siguiente.

Ese mes la olla a presión de la situación política española explotó en la Bahía de Cádiz con un pronunciamiento de la Armada que se extendió por doquier a nivel militar. Justo mientras los contendientes, moderados frente a progresistas, medían sus fuerzas en la Batalla de Alcolea aquel 28 de septiembre, los bejaranos, gente de a pie, no lo olvidemos, se hacían fuertes frente a 2.000 militares en un ejemplo prácticamente único de sublevación civil. Las barricadas que se alzaron en distintos puntos del callejero se organizaron minuciosamente, anotando nombres y apellidos de los 300 valientes que se atrevieron a alzar sus voces en una ciudad perdida del oeste del país. Tras los parapetos construidos con travesaños de madera, sacas de lana y muebles viejos, los paisanos, armas en mano, regaban sus gaznates con aguardiente para insuflarse ánimos frente a los bien armados militares al mando del brigadier Nanneti. La feria fue suspendida por la Junta Revolucionaria que había tomado el poder en el Consistorio en aquellos días de incertidumbre.

Aguardiente y lemas como ¡Viva la Libertad! o ¡Abajo Isabel II! se repetían a cada poco cual mantras para aventar el miedo. La figura de Prim se engrandecía como icono de una revuelta que se transformó en revolución. Unas pocas armas, unos parapetos endebles y unos cañones, fundidos por Víctor Gorzo, que más que balas disparaban esperanzas, eran las escasas defensas de aquellos valientes (carpinteros, bataneros, músicos, albañiles, comerciantes, taberneros, herreros) frente al contingente armado. La Junta Revolucionaria, osada, parlamentó con Nanneti para que se adhiriera al golpe de estado, en vano. El ejército, inmisericorde, y tras agotar cualquier intento de negociación, bombardeó la ciudad y, penetrando por el Puente Viejo y Nuevo, atacó el barrio de la Corredera, cuya columna vertebral fue bautizada como calle de la Libertad. Muchos paisanos encontraron la muerte sin haberla buscado en aquel “día de fuego y sangre”, como la definió Juan Muñoz Peña, ajenos a los idearios políticos, solo por el mero hecho de vivir en un barrio extramuros. Sus casas fueron desvalijadas y niños y mujeres fueron atacados sin compasión. Como en el 2 de mayo de 1808 en Madrid, los rollos del suelo fueron utilizados como proyectiles frente a las bayonetas y los tiros de fusil. Las barricadas fueron asaltadas pero los rebeldes no cedieron un ápice.

            Quién sabe qué hubiera ocurrido si la revolución, luego bautizada como La Gloriosa, no hubiese triunfado en Alcolea ese mismo día. La carnicería hubiese sido brutal y el caserío bejarano hubiera perecido bajo el inmisericorde bombardeo de los cañones realistas hasta reducirlo a cenizas, mas el ideario revolucionario había vencido. Cuando la noticia llegó a Béjar, los contingentes militares plegaron las alas y levantaron el asedio ante la mirada atónita de los paisanos levantados en armas. La revolución había triunfado y la coalición de progresistas, unionistas y demócratas había alcanzado el poder en Madrid. Isabel II hizo las maletas precipitadamente y partió al exilio, mientras España entera coronaba a los héroes de Béjar junto a los de otras poblaciones como Santander o Alcoy.

            La libertad de que hoy gozamos se la debemos en parte a aquellos valientes, a aquellos bejaranos de a pie que encontraron la muerte por sus ideales políticos, a aquellos paisanos que cayeron ajenos a lo que en Béjar ocurría, a aquellas mujeres que defendieron sus casas y a sus hijos del ataque. Me pregunto si serían conscientes de la trascendencia de unos actos en los que arriesgaban la vida por una causa que parecía perdida. Osados, valientes, irracionales, románticos, locos. Sus nombres se alzaron desde la rutinaria trayectoria vital del ser humano corriente al altar del martirio de los caídos por la causa.

Sus muertes no fueron en vano. Con su arrojo se abría un tiempo de cambio, esperanza, incertidumbre e ilusión. Un tiempo en que la libertad, el sufragio universal y la democracia se conseguían para pronto caer a los pocos años por obra y gracia del desentendimiento y de la división (qué cercano nos suena esto). Aquella sociedad no había madurado lo necesario para poner en marcha un engranaje democrático lo suficientemente sólido. Ni en 1868, ni tampoco en 1931. Los españoles habrían de vivir dos guerras civiles (la Tercera Guerra Carlista y la guerra de 1936), dos repúblicas (Primera y Segunda), dos monarquías (Alfonso XII y Alfonso XIII) y dos dictaduras (Primo de Rivera y Franco) para que en 1976 regresara, y esta vez para quedarse, la democracia a España.

Muchas gracias a todos por asistir a este pequeño homenaje a aquellos paisanos de a pie.

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